Uno
tres
cuatro segundos de tagua
abro tu blusa
lameré tus rojas heridas
despacio...
beberé de tu leche
de amante
niño malcriado
miraré a través de todas
tus hendijas
buscaré herirte
al final
le cantaremos juntos
a la luna llena.
Te siento
huelo
respiro
hueles a mar
gaviota
cangrejo de roca
mil peces grises
en tus labios
me estrello
contra tu senos
con la marea alta
y salpico tu pelo
mil palabras agudas
tus dedos en mi boca
todavía sabe a tequila
el sudor de tus muslos
el olor de tus lágrimas
y una pizca de deseo...
salado
¡ buena mi suerte!
I
Tu vos tranquila en el teléfono. Largas conversaciones. Fito vs Charly. Merendaba tus sonidos y silencios. Luego tu presencia, siempre ausente. Distancia y tortura. Tu cuerpo, falsa inocencia.
II
Caminar a tu lado. Centro de Quito, piedra, gente, arte. Ahora a tu lado, otra vez. Se regresa a vos como se regresa al mar, por primera vez. Voz, aroma... no risa. Imaginando tu mano sobre la mía, “No hay nostalgia pero que añorar lo que nunca jamás sucedió”
III
Regreso sobre mis pasos. Te encuentro. Las sonrisas gastadas, miradas conocidas (pero esquivas), ya no entras en mis ojos. No fuimos somos seremos los mismos. El tiempo nos erosiona, piedras en el mar.
Solo tu cuerpo es el mismo. Tus manos no cambian, tu cuerpo ausente, las canciones un poco más triste. Un poco más ausentes, un poco menos alegres. Un poco más extraños.
IV
El tiempo. Cada segundo que ha pasado, huyéndonos, escondiéndonos en los zaguanes.
31536000 segundos. Polvo bajo la alfombra. Es tiempo de libros, música. Aún no París, ni la Habana, ni Buenos Aires. Por lo menos, Quito sigue lloviendo.